Si me preguntas quién soy, te dejaré una hoja en blanco para que me
escribas bajo las infinitas formas esquivas de esta ausencia que
habito un segundo antes del amanecer.
Búscame en la rebeldía de un verso libre,
el silencio ínfimo entre dos palabras que se deslicen sutiles por tu
garganta,
las líneas imprecisas del mapamundi de esa piel compartida entre las
sombras,
la última frontera entre el otoño y el inverno,
la escala retorcida de mis sueños hasta llegar al vértice oscuro
del restallar de un b(v)e(r)so.
Desdibuja mi silueta en una caliginosa mañana de Leteo,
reduce el calendario a octubres y eneros,
pignora el corazón a Eros y Thánatos y las Moiras,
desentraña mi pacto con Átropos y descósela al fin de mi sombra
para quedarnos frente a frente,
lentos mascarones de proa por las aceras grises de la ciudad,
despojados de todo,
bajo la lluvia fría del último invierno
calándonos hasta los huesos.
Bajo el signo de Palas
Hoy
sé que los malditos nacemos en invierno,
epicentros
desnudos,
sangrientos
y trémulos
de
turbas oleadas de sombra e hielo…
Tras
la ventana no nos aguarda
más
que el recuerdo atávico del llanto rasgando el silencio,
cristales
rotos entre las manos
y
esa noche sempiterna que anida el alma
con
febriles acometidas de miedo.
En
las oscuras horas de enero
nos
acuna esa tristeza de soledades perdidas
y
vamos dejando huellas de tinta a ecos de voces viejas.
Malditos
los silenciados con las tijeras blancas de las Parcas,
incansables
tejedores de tiempos robados
y
esa secreta querencia por la Muerte y sus despojos
en
laberíntica danza donde jugamos a amarnos sin encontrarnos nunca.
No
hay amores sin pérdida ni finales felices,
pero
ese regusto a tierra mojada en la boca nos recuerda,
otro
ocaso agónico,
que
hemos de alzar la copa, ebrios de realidades,
por
seguir, un golpe más de reloj, soportando la existencia.
Es
este horror de ser entre tinieblas
de
un invierno que no nos abandona jamás,
cosido
para siempre a los huesos
de
los nacidos bajo su signo.
No
hay primaveras entre las manos
ni
días de sol que arrebaten sonrisas furtivas
ni
besos secuestrados a bocas palpitantes, eco de ansias febriles,
impúdicas
e irreverentes mordiendo la inmaculada blonda,
rotunda
y secreta, que apenas conoce la piel.
No
hay papeles en blanco
que
cercenen los ojos turbios de los grilletes
ni
plumas sutiles entre los labios para aliviar las heridas,
profundas,
de
esta jaula atroz que nos impide alzar el vuelo…
los
barrotes, terribles, de nuestras propias miserias.
El
miedo a ser,
a
vernos las alas,
a
levantar un sueño del suelo
y
morir cegados por el sol.
No
hay horizontes azules para los nacidos en invierno,
sólo
las nubes grises de los días de lluvia,
los
charcos por las aceras,
las
tormentas febriles bajo la piel
y
esas ansias de galerna que nos arrastre lejos,
lentos
mascarones de proa,
por
las aceras infames de este mundo,
siempre
a la deriva, esquivos a contranorte,
con
las agujas rotas del reloj
y
la brújula descerrajada.