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lunes, 21 de septiembre de 2026

JOSÉ MANUEL ALFARO

 


Nací en Tarifa allá por el año cincuenta y siete y, una vez sabido lo que estudiar, terminé un magisterio que acabé ejerciendo, principalmente, en educación especial como funcionario público.

Fue alrededor de los cincuenta años cuando me vi en la necesidad de escribir como vía de escape a circunstancias de vida dañinas para la salud y al darme cuenta que en la escritura podría estar oculto el principio activo que atenuaba la pesadumbre, me puse manos a la obra con la agradable sorpresa de descubrir que el mejor excipiente se ocultaba en la poesía llegando pues a la conclusión de que para mí la escritura era el lecho donde descansaba mi conciencia y la poesía, la conciencia misma “embellecida” y su verdad intrínseca.

El propio excipiente mezclado con el “fermento” de la constancia acabó con la creación y el nacimiento, en formato libro, de siete obras para el Vademécum literario de los muchos que apostaron por el mismo camino.



Hombres de plata y oro



A la Brigada C. de Salvamento Minero asturiano y, por ende

a TODOS los profesionales afanados



Siendo que fue que vinieron

nadie supo el porqué de la llamada

si la labor era cosa de épica mundana

más que un trabajo de salario,

y vuelta a casa.



Siendo que fue que vinieron

solo vieron lo que vieron

y es que su enemigo no era el hombre

era el paso inexorable del tiempo

que aliado con la dureza de la vida

transfigurada en montaña sin escrúpulos

se mostraba obstinado y huraño.

Cuerpo de macizo ajeno al desconsuelo

donde lucharon excavando

solo por el dolor y por el noble encuentro

de un niño en el fondo sepultado



Hay un dolor profundo de guaridas

en las entrañas de la triste tierra

mientras los olivos tiemblan de miedo

en la pendiente de su polvorienta cabellera

Las pobres olivas no ven, no saben.

¡Temblor ante la noche fría!

¡Estupor ante la mañana negra!

Los pobres olivos no saben, no ven.

Piensan que los arrancarán de cuajo

de su madre de arcilla y arena.



Voces se escuchan,

voces que trae el viento

de hombres y mujeres que rezan

como rezan los árboles, los vecinos

y ondas lejanas de pueblos de afuera.



¡Cuando dejarán las máquinas

de provocar la tiritera en las acequias!

Los pájaros en sus nidos

solo se preguntan y meditan,

y piensan sobre el gentío y los ruidos

y las prisas.

Y oyen el concierto de voces,

y los chirridos de monstruos de hierro

que deshacen la cama de las margaritas.


Las nubes pasan, pero no lloran.

Saben que es malo hacerlo ahora.

Al final de las micro voladuras, …

los latidos muertos.

Ellos llevaban el ángel en las “cavernas”

de sus aurículas y sus ventrículos:

el ángel del amor que aquellos hombres,

atesoraban bien adentro.



(Rescate de Julen Roselló de hace años. El niño murió más no lo hizo el poema de agradecimiento a sus rescatadores ni caducará en el tiempo.

Traerlo al presente es no olvidar)

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