Nací en Tarifa allá por el año cincuenta y siete y, una vez sabido lo que estudiar, terminé un magisterio que acabé ejerciendo, principalmente, en educación especial como funcionario público.
Fue alrededor de los cincuenta años cuando me vi en la necesidad de escribir como vía de escape a circunstancias de vida dañinas para la salud y al darme cuenta que en la escritura podría estar oculto el principio activo que atenuaba la pesadumbre, me puse manos a la obra con la agradable sorpresa de descubrir que el mejor excipiente se ocultaba en la poesía llegando pues a la conclusión de que para mí la escritura era el lecho donde descansaba mi conciencia y la poesía, la conciencia misma “embellecida” y su verdad intrínseca.
El propio excipiente mezclado con el “fermento” de la constancia acabó con la creación y el nacimiento, en formato libro, de siete obras para el Vademécum literario de los muchos que apostaron por el mismo camino.
Hombres de plata y oro
A la Brigada C. de Salvamento Minero asturiano y, por ende
a TODOS los profesionales afanados
Siendo que fue que vinieron
nadie supo el porqué de la llamada
si la labor era cosa de épica mundana
más que un trabajo de salario,
y vuelta a casa.
Siendo que fue que vinieron
solo vieron lo que vieron
y es que su enemigo no era el hombre
era el paso inexorable del tiempo
que aliado con la dureza de la vida
transfigurada en montaña sin escrúpulos
se mostraba obstinado y huraño.
Cuerpo de macizo ajeno al desconsuelo
donde lucharon excavando
solo por el dolor y por el noble encuentro
de un niño en el fondo sepultado
Hay un dolor profundo de guaridas
en las entrañas de la triste tierra
mientras los olivos tiemblan de miedo
en la pendiente de su polvorienta cabellera
Las pobres olivas no ven, no saben.
¡Temblor ante la noche fría!
¡Estupor ante la mañana negra!
Los pobres olivos no saben, no ven.
Piensan que los arrancarán de cuajo
de su madre de arcilla y arena.
Voces se escuchan,
voces que trae el viento
de hombres y mujeres que rezan
como rezan los árboles, los vecinos
y ondas lejanas de pueblos de afuera.
¡Cuando dejarán las máquinas
de provocar la tiritera en las acequias!
Los pájaros en sus nidos
solo se preguntan y meditan,
y piensan sobre el gentío y los ruidos
y las prisas.
Y oyen el concierto de voces,
y los chirridos de monstruos de hierro
que deshacen la cama de las margaritas.
Las nubes pasan, pero no lloran.
Saben que es malo hacerlo ahora.
Al final de las micro voladuras, …
los latidos muertos.
Ellos llevaban el ángel en las “cavernas”
de sus aurículas y sus ventrículos:
el ángel del amor que aquellos hombres,
atesoraban bien adentro.
(Rescate de Julen Roselló de hace años. El niño murió más no lo hizo el poema de agradecimiento a sus rescatadores ni caducará en el tiempo.
Traerlo al presente es no olvidar)
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