Soy miembro de la tertulia literaria Rayuela; estar rodeada de compañeros tan activos y con tantas obras editadas a sus espaldas es siempre un orgullo y un estímulo.
Tras una primera etapa de publicaciones en diversas revistas, pasé por un retiro de la actividad pública. Mi escritura nace de una vivencia personal, atravesada por dificultades de salud que no han logrado silenciar mi voz.
Nace también del deseo de comunicar y seguir caminando hacia aquello que la existencia, a veces en un susurro, intenta decirme. Hoy, ese rumbo me trae de vuelta al origen para iniciar un sueño que se inserte en el corazón de mis seres queridos y atestigüe mi identidad literaria: un cantar que abraza el amor a mis hijos y el hondo sentir por las mujeres afectadas por el cáncer de mama.
Legado
Cuando
llegaron las tinieblas,
levanté la mirada
y busqué la
luz
que aún quedaba en el horizonte.
Hijos
míos,
os confío mi alma.
Sois la tierra firme
bajo
mis pasos,
la razón por la que el corazón
sigue en pie
cada día.
Cuando
la vida pesa,
pienso en vosotros,
y algo dentro de
mí
vuelve a levantarse.
No
os dejo riquezas ni tesoros,
solo el amor de mis manos,
las
huellas de mi camino
y la certeza
de haberos amado.
Si
un día el mundo os duele,
escuchadme en el silencio.
Este
vínculo no se rompe,
no lo borra el tiempo
ni la
distancia.
Porque
este es mi regalo:
lo único que de verdad os dejo,
la raíz
que os sostiene
y la llama que no se apaga.
Porque
a pesar del tiempo,
siempre seréis mis niños.
María
José Solano Jiménez
San Fernando, 10 de julio de 2026
El huésped del miedo
A
la memoria de las compañeras
que se convirtieron en un
número
antes de tiempo,
y a las que hoy siguen
luchando
por recuperar su color.
Una
llamada
rompió mi paz en un segundo.
Su voz intentaba
calmarme,
pero solo dijo:
—Hay que completar el estudio.
Mientras
yo
no dejaba de preguntar:
—¿Han visto algo?
¿Para
qué tengo que ir al hospital?
—Tienes que hacerte una
mamografía.
El
vacío me envolvió,
dejando tras de sí
a una niña
asustada
que solo quería
encontrar una salida.
Dentro
de mí,
el pasado volvió a su ruta,
como si retrocediera
a
ese maldito nombre.
El
miedo se instaló
como un huésped
que no pide
permiso,
llenando cada rincón
de mi cabeza.
Y
cuando,
a la semana siguiente,
me repitieron las
pruebas…
el médico no me hizo esperar.
Escuché
sus palabras
en ese mismo instante:
—Olvídate, olvídate.
El
mundo
recuperó su color,
lleno de matices
y rebosante
de alegría.
Miré
al cielo
en señal de gratitud.
En
esa calma
os recordé, compañeras,
unidas en la misma
incertidumbre.
Para vosotras
fue mi abrazo de esperanza.
No
hay olvido
para quienes no tuvieron mi suerte,
convertidas
en una cifra más
de esa lista maldita.
María
José Solano Jiménez
San Fernando, 10 de julio de 2026
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