Nacido en un pueblo minero tuvo que emigrar a Sevilla donde vivió su primer tercio, a sus treinta años temas laborales le trajeron a Cádiz ciudad de la que sigue enamorado, concretamente al mundo sanitario, desde muy niño sus ganas de fomentar la ayuda hacía los demás encontró un lugar idóneo para ello. Esta primera infancia y adolescencia tardía, como le gusta llamarla, quedaron reflejada en su novela biográfica "A Volar Madre A Volar". Colabora con las Tertulias de Cádiz El Ateneo y el El Grupo el Ventanal y asíduantemente con la Tertulia "Puerta Abierta a la Imaginación" de par en par, germen de estos encuentros. En la actualidad preside La Asociación Amigos de Fernando Quiñones, el lugar donde este año se celebra el encuentro.
AHORA SÉ QUE LA VIDA ERA ESO
Han venido a buscarme los recuerdos
los que ni siquiera el tiempo pudo matar,
los que guardé sin saberlo para que un día volvieran a abrazarme.
Una buena mujer,
un pequeño adorno prendido en el pecho,
la inocencia de un niño creyendo que la vida era eterna.
Después, aquella adolescencia tardía
llena de sueños, de ilusiones,
ese primer beso que detuvo el tiempo.
Aquel patio de Sevilla,
las noches que olían azahar y primavera,
esa luna plateada derramando misterios.
Y en tus ojos negros
todo un mundo por descubrir,
todo lo que fui, todo lo que quise ser.
Llevadme con vosotros dulces recuerdos
aunque solo sea un instante dejadme
volver aquél tiempo, en el que aún no sabía que era feliz.
Porque ahora lo comprendo
la vida no estaba en tener más ni en correr tanto,
ni en llegar más lejos, la vida era aquello.
Ese beso, aquella luna, aquella mujer, aquel niño
aquella ilusión que hoy vuelve para decirme en silencio
no busques más, aquí está tu vida.
Ricardo Carpintero.
SOLEDAD
Soledad, que extraño que tengas nombre de mujer y que seas dueña de tantos hombres que duermen abrazados a un vació sin que nadie sospeche que están solos.
Soledad, tú sabes de mí, sabes que aprendí a sonreír para que nadie preguntara,
que hay multitudes donde te sientes extranjero y noches enteras en la que converso con tu sombra.
Soledad, dime: ¿Cuánto tiempo tengo antes de olvidar el sonido de su voz?, ¿Antes de que sus ojos dejen de aparecer en el lugar exacto donde empiezan mis sueños?.
Porque el primer amor no se marcha, se queda escondido en alguna habitación del alma, cerrando la puerta detrás de nosotros,
esperando que una noche cualquiera volvamos a ser quienes fuimos.
Que noche tan gris aquella en la que comprendí que no volverías, llovía en primavera pero era dentro de mi donde estaba el invierno, desde entonces, cada lluvia tiene algo de ella, cada madrugada repite su nombre y cada canción parece escrita por alguien que también perdió lo que amaba.
Soledad, he querido olvidarla más ¿Cómo se olvida una parte de uno mismo?,
¿Cómo se olvida un recuerdo si todavía respira cuando cierro los ojos?.
Soledad, tú que has dormido tantas veces conmigo, sabes que no temo estar solo,
lo que temo es acostumbrarme a estarlo, porque hay una diferencia terrible entre no tener a nadie y haber tenido a alguien que lo era todo.
Y yo tuve sus manos, su risa, su manera de pronunciar mi nombre como si mi existencia le importara, ahora solo tengo la memoria
esa cruel forma de conservar lo perdido sin devolvernos jamás aquello que amamos.
Soledad: ¿Qué hago con tanto amor cuando ya no existe un lugar donde ponerlo?.
Tal vez algún día deje de esperarla, tal vez el tiempo consiga borrar sus huellas. Pero esta noche déjame recordarla, aunque recordar sea otra manera de sufrir, y cuando llegue el amanecer y me encuentre otra vez entre la gente, nadie sabrá que bajo mi pecho hay un corazón que sigue llamando a una mujer que ya no escucha.
Entonces comprenderé que la soledad no llegó cuando ella se fue.
La soledad era todo el amor que me quedó después de perderla.
Ricardo Carpintero.
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