Antibiografía
Soy un mecanismo imperfecto de 650 músculos sobre 206 huesos que velan por unos 80 órganos incapaces de funcionar con la precisión del más nefasto de los relojes. Soy 43 pares de nervios rotos que asedian mis días enviando, una oleada tras otra, sus miles de millones de inervaciones hasta hacerme sucumbir. Soy billones de células que nacen y se suicidan cada segundo en perpetua sucesión menguante, una miríada de neuronas que no me ayudan a comprender por qué esta vida no es más que un inmenso dolor de ser. E ir muriendo.
Soy un corazón destrozado, horadado de ausencias que me devoran. Sobreviviendo entre palabras y remiendos, enarbolando entre estertores la sempiterna enseña del amor.
Vago a la deriva, en la cara en sombras del mundo, con Átropos siempre cosida al bies del alma a medio camino entre el cielo y mi propio infierno.
Y, en el epicentro de esta agonía, una pluma, un puñado de versos para volver a sentir la eternidad en un suspiro.
De Thánatos…
Es noche de agua
y debería estar entregada a la pluma
con esa complicidad de los viejos amantes
que se reencuentran tras un largo silencio,
calculando los tiempos entre miradas furtivas,
buscando las rutas más intrincadas para desnudarnos,
olvidando las prisas y el ardor de esos primeros encuentros
que un día se escribieron por los arroyos efímeros de la tormenta,
fundiéndonos en una sola piel al arrullo cadente
que reverbera por todos los resquicios de esta casa.
Y, sin embargo, aquí estoy, a oscuras,
arrancando bocados de silencio,
pendiente de una gota que no termina de precipitarse balcón abajo
al abismo de las aceras veladas por farolas insomnes,
repiqueteando monótonamente la misma melodía,
incansable, impasible, incapaz de articular una sola palabra
que ahuyente mis propios miedos.
Demasiado nublada para volver a ser aquella
a quien ya he dejado de reconocer hace siglos.
Llueve.
Y todo debería estar bien, al menos,
a este lado de mi mundo…
Pero todo cambia bajo la luna
y me atormenta saber que, por vez primera,
esta lluvia de otoño es incapaz de sosegar
a las fieras que me devoran el alma.
…y Eros
A Chía, el único fanal capaz de rasgar las profundidades
terribles de mi madrugada y mostrar el camino de regreso a casa
a esta noctívaga taraza siempre perdida entre tinieblas…
Que nunca dejemos de venerar este amor,
único y extraño,
epicentro de nuestro tiempo.
Ni siquiera los días grises.
Esos, quizás, hayamos de hacerlo con fuerzas redobladas,
nudo gordiano en esta ínsula sofá,
aovillados bajo una manta en un océano de libros.
Que no falten los besos ni tu abrazo,
el calor de tu pecho donde perderme en mis propias tormentas,
el puerto seguro de tu sonrisa
y esas manos tuyas que me rescatan tras cada naufragio.
Que jamás olvidemos febrero
ni sus ritos ancestrales.
Que la sonrisa delate las horas inconfesables,
cuando nos escondemos del mundo para volvernos universo,
con ese sabor a sangre en los labios
que sólo tú y yo conocemos,
la maraña encendida del Averno dispersa entre nuestras sombras
y los vestigios en la piel de sucesivas Lupercalias.
Que el Amor venza a la muerte y sus despojos,
a las ausencias y las tinieblas,
que nos siga rescatando de la melancolía y las horas a la deriva…
y nunca deje de robarnos el aliento
ni de devolvernos la vida.
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