Annie Altamirano (Punta Alta, Argentina, 1955) reside en Salamanca desde 2003. Es profesora de Filología Inglesa y magíster en Lingüística Aplicada y en Enseñanza de Inglés como Lengua Extranjera. En Salamanca inició su camino en la creación literaria, primero con el relato y después con la poesía. Durante cinco años participó en el taller de escritura creativa de la Biblioteca Pública Casa de las Conchas, dirigido por Raúl Vacas, y amplió su formación con Mercedes Roffé, Carol Ann Duffy y Roger Robinson. Ha formado parte de los colectivos Salamanca Letra Contemporánea y SonLetras, y es miembro del colectivo Poetas en Red. Su voz poética ha estado presente en encuentros, recitales y homenajes literarios tanto en España como en Argentina, entre ellos los Encuentros de Poetas Iberoamericanos de Salamanca. Manual para habitar los bordes sin cortarse (Tarqus, 2026) es su primer poemario publicado en solitario.
La raíz y el aire
Entre
la bruma tibia de la mañana
una lombriz atraviesa el terrón
recién abierto.
Todo es peso:
la humedad oscura, el olor a
semilla molida,
el fango pegado a las uñas del día.
Pero
arriba,
la luz parece no pesar,
descansa sobre la hoja como
un suspiro
y se desprende,
pétalo sin cuerpo,
de la
rama que la sostiene.
Y
así,
entre el lodo y la brisa,
la raíz sueña con el
aire
y el aire recuerda la paciencia de la piedra;
la flor
es el punto donde la tierra se vuelve leve,
y el viento,
el
lugar donde la tierra aprende a volar.
Última marea
Debo
volver al mar,
al solitario mar y al cielo.
Todo lo que
pido es un barco,
una estrella que lo guíe,
el giro del
timón, la canción del viento,
la blanca vela y la niebla gris
al amanecer.
Debo
volver al mar,
siguiendo el llamado de la marea creciente.
Todo
lo que pido es un día ventoso,
nubes blancas y el primer brillo
del alba,
la espuma en el azoro del ala,
el rumor de las
olas cuando cambian las mareas,
el rielar de las escamas,
la
brisa de la mañana
y el olor a salitre en pliegues de azul.
Por
el camino de la gaviota y la ballena,
ola y alga desbordándose
en sí mismas,
sus curvaturas apiladas
lamiendo la moviente
costa sin parar nunca.
Lunas a la deriva sobre el horizonte
variable
que la sal asalta,
esa larga distancia donde
comienzan las nubes,
y las estrellas, acaso accesibles.
Debo
volver al mar una vez más,
donde el alma encuentra su puerto.
Todo lo que pido es partir
con la sal en los labios
cuando la última ola susurre mi nombre.
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